El triángulo Atlántico: ¿un sueño imposible?

  • Temáticas
    América latina
    Asuntos Europeos
    Economía
  • Sector
    Administraciones Públicas
    Otros
  • Países
    Global
22 Oct 2026

Cuando en enero de 2026 el primer ministro de Canadá, Mark Carney, se dirigió a los asistentes al Foro Económico Mundial en Davos, pronunció el que ya es descrito como uno de los grandes discursos de la época actual. La razón es que describió la realidad geopolítica del planeta de manera particularmente descarnada.

“Estamos en medio de una ruptura, no de una transición”, sostuvo el dirigente al hablar de la crisis del multilateralismo. Agregó que “las potencias medianas deben actuar conjuntamente porque si no estamos en la mesa de negociaciones, seremos el plato principal”, subrayó en un evento que durante años abanderó la causa de la globalización.

Tales palabras sirven de trasfondo a la hora de examinar las posibilidades de construir o, al menos desarrollar, el “Triángulo Atlántico”. La idea proviene de comienzos de los años ochenta del siglo pasado, cuando una serie de académicos se dedicó a examinar la relación trilateral entre América Latina, la Unión Europea y los Estados Unidos.
 

Otra historia

 
Sobra decir que las realidades de esa época son muy diferentes a las de ahora. Por aquel entonces, la guerra fría entre Washington y Moscú era la nota imperante, mientras la región latinoamericana enfrentaba la crisis de la deuda externa y los regímenes militares en el área empezaban a ser más la excepción que la norma. Tras décadas de intervencionismo más o menos abierto, el país del Tío Sam parecía más interesado en la consolidación de la democracia y las libertades al sur del río Grande.

Por su parte, el Viejo Continente estaba en proceso de desarrollar un esquema de integración profunda que todavía era incipiente. Basta recordar que España y Portugal entraron oficialmente en el bloque comunitario hasta 1986 y que la cortina de hierro impuesta por la Unión Soviética cayó en noviembre de 1989 con el derrumbe del Muro de Berlín.

Dichos eventos influyeron en que el asunto perdiera relevancia hasta que, hacia 2010, volvió a ponerse sobre la mesa. En aquel momento, tras el impacto de la fuerte crisis financiera internacional que siguió a la quiebra de Lehman Brothers un par de años antes, América Latina llamó la atención por su relativa resiliencia económica, pues atravesó las aguas turbulentas de la depresión en el hemisferio norte sin grandes traumatismos.

Aparte de lo anterior, la política exterior estadounidense enfatizó su preferencia por un sistema de gobernanza mundial apoyado en reglas compartidas y cooperación. Ese marco sirvió para impulsar la política del regionalismo abierto en las principales capitales latinoamericanas. De tal manera, se suscribieron acuerdos o tratados de libre comercio a ambos lados del Atlántico con la idea de que surgirían oportunidades de inversión y de negocios, junto con el fortalecimiento de los vínculos políticos.

La idea de que la cosas serían diferentes se concretó en escritos y foros. Por ejemplo, en 2012 la Secretaría General Iberoamericana con sede en Madrid publicó un libro con el sugestivo título de “Europa y las Américas: ¿Por fin, un triángulo Atlántico?”.

En sus conclusiones, se afirmó que “dentro de la diversidad, formamos parte de Occidente y creemos en tres valores principales: democracia, el desarrollo y la paz”. Igualmente se reconoció que “compartimos intereses económicos y de cooperación”, al tiempo que se hacía un llamado a “definir una agenda conjunta de acción”.

Sin embargo, las buenas intenciones no se expresaron en grandes advances. Hechos como el fin del super ciclo de precios de las materias primas se tradujeron en una abrupta caída en la tasa de crecimiento de América Latina, que a su vez desembocó en expresiones de descontento y cambio de orientación del péndulo político, tanto hacia la izquierda como hacia la derecha.

Factores como este influyeron para que diferentes esfuerzos de integración regional experimentaran tropiezos. Así ocurrió con el Mercosur, la Comunidad Andina o la Alianza del Pacífico, que en sus primeros años llegó a verse con mucho entusiasmo.

Mientras eso ocurría, China ganó un gran terreno en materia comercial. Para finales de la década pasada se había convertido en el primer destino de las exportaciones de naciones como Perú, Chile, Argentina o Brasil, al igual que la principal fuente de las importaciones de buena parte de Centro y Sur América.

Semejante expansión no pasó desapercibida en Bruselas ni en Washington. La llegada de Donald Trump al poder por primera vez en 2017 trajo una primera confrontación con Pekín, que eventualmente benefició a los productos elaborados en México. Para ese momento no faltaron los académicos que hablaron no de un triángulo sino de un cuadrilátero con vértices al otro lado de los dos océanos que bañan el hemisferio americano.

Sebastián Santander, Profesor de Ciencia Política y Jefe del Departamento de Ciencia Política en la Universidad de Lieja en Bélgica, sostuvo en un texto publicado en 2020 que “el crecimiento, consolidación y asertividad del poderío chino en las relaciones internacionales a lo largo de los pasados veinte años ha sido altamente influyente en los actores latinoamericanos, contrarrestando las estrategias europeas y americanas para el continente y transformando el triángulo Atlántico en una rivalidad cuadrilateral”.
 

Vuelve y juega

 
Así las cosas, el segundo periodo de Trump en la Casa Blanca trastornó el orden establecido. Dentro de las muchas expresiones prácticas del movimiento MAGA (por Make America Great Again) dentro de la administración y el propio Partido Republicano, hay que destacar dos.

De un lado, el uso de los instrumentos comerciales para atacar a aliados y rivales, no solo en lo que corresponde al intercambio de bienes, sino a la propia política exterior estadounidense. Sin necesidad de remontarse a cada acción unilateral, lo cierto es que el arancel promedio ha aumentado de manera significativa, llegando a extremos como el de Canadá, involucrando a Europa y tocando igualmente a Latinoamérica.

Del otro, una nueva política de seguridad que reafirma y adapta la doctrina Monroe del siglo XIX en la cual quedó expresa la negativa de Washington a nuevos procesos de colonización en sus territorios vecinos. La versión actualizada, llamada también doctrina Donroe, reafirma el predominio de Estados Unidos en el continente americano.

Una expresión concreta de esa visión incluye el ataque a embarcaciones supuestamente portadoras de drogas ilícitas en el mar Caribe y en el Pacífico. También la “extracción” de Nicolás Maduro en Caracas el pasado 3 de enero, hoy detenido en una prisión neoyorquina, constituye la reafirmación de una visión particular, enfocada en la seguridad, que se tradujo en la iniciativa “Escudo de las Américas”.

Posiblemente tal actitud, que recuerda a la política del gran garrote promovida por Theodore Roosevelt al arrancar el siglo XX, habría sido motivo de más confrontaciones, de no haberse dado un cambio significativo: el arribo de mandatarios de derecha o extrema derecha a los palacios presidenciales de la región. Desde 2023, 13 de las últimas 15 elecciones (incluyendo a Brasil) han beneficiado a candidatos de este espectro ideológico.

Como consecuencia, el término “marea rosa” -que a comienzos de la presente década describió la preponderancia de la izquierda en América Latina- ha sido remplazada por la “ola naranja”, que representa el color del pelo de Trump. Descripciones aparte, el punto central es que las transformaciones políticas se dieron en norte y sur.

Al haber más sincronía, los roces deberían disminuir en la medida en que se siga la senda trazada en Washington cuyas prioridades son la lucha anti narcóticos, la migración ilegal y la presencia de organizaciones catalogadas como terroristas. China está sobre aviso, pero por el momento mantiene su poderío exportador intacto por cuenta de elementos como el auge en la demanda por vehículos eléctricos e híbridos en Latinoamérica.

¿Cómo deja esa reformulación de la realidad a Europa? Si bien Bruselas suscribió el pasado 17 de enero el acuerdo comercial entre la UE y el Mercosur tras 27 años de haber comenzado las negociaciones, falta ver cómo se traduce esta apertura en flujos comerciales y de inversión.

Desde el punto de vista de la geopolítica y la economía, el Viejo Continente requiere fortalecer sus lazos con América Latina, ante un Estados Unidos más cerrado. Formalmente, ambas áreas son amigas del multilateralismo (con algunas excepciones) y del regionalismo abierto. En materia de conveniencias, hay interés por recursos clave y acceso a mercados, aparte de modelos complementarios.

No menos importantes son las corrientes migratorias, tanto históricas como recientes. Se calcula que entre 1850 y 1950 más de 10 millones de europeos partieron hacia países latinoamericanos con el fin de comenzar una nueva vida, especialmente en Argentina, Brasil, Uruguay, Chile o Venezuela.

Desde hace varias décadas, el viento ha cambiado de sentido. Tan solo en el caso de España el número de personas nacidas en América Latina se calcula en más de cinco millones de personas, equivalentes a más del 10 por ciento de la población total, un fenómeno que se ha intensificado en años recientes.

Quizás ese factor acabe siendo el fundamental para que el triángulo Atlántico tenga lados que no sean tan desproporcionados.

Lo ideal es construir un equilátero, en el cual cada segmento mida lo mismo que los otros dos, pero ello dependerá de lo que hagan gobiernos, sector privado y ciudadanos a la hora de rediseñar una relación basada en el entendimiento entre Europa y las dos Américas, en la cual todos se beneficien. Nada más, pero tampoco nada menos.