Vínculos con todo el Atlántico

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22 Oct 2026

Escribo este texto pocas horas después de terminada la octava edición del Foro La Toja, en la que pude estar presente una vez más. El Foro, cuyo lema es «el vínculo atlántico», se centró este año, inevitablemente, en «el mundo en desorden». Organizado por la sociedad civil española, desde hace dos años también con una edición portuguesa en Lisboa, reúne a especialistas de diferentes áreas con responsables políticos de las distintas formaciones democráticas, contando con la presencia y el apoyo de personalidades tan relevantes como el Rey de España, en las ediciones portuguesas el Presidente de la República, y varios miembros de los dos Gobiernos y de los partidos de la Oposición.

¿Por qué traigo todo esto a colación? Por varias y significativas razones. El Premio José Piqué, con el que comienzan los trabajos del Foro, fue entregado este año al Prof. Marcelo Rebelo de Sousa, Presidente de la República Portuguesa entre 2016 y 2026. La presencia del Rey Felipe VI, del Presidente del Gobierno Pedro Sánchez y del Presidente de la Xunta de Galicia, Alfonso Rueda, demostró bien el reconocimiento del que goza merecidamente el homenajeado, pero también la importancia que se da, tanto en España como en Portugal, a los lazos entre las naciones ibéricas. En varias ocasiones se destacó el papel de estas como los puentes más seguros de Europa con América Latina. Y, sobre todo —tras tantos años de intentos y bloqueos—, la reciente conclusión del Acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur, así como la Cumbre Iberoamericana de Madrid, que concita una de las mayores asistencias de alto nivel, emergieron como unas de las pocas notas de optimismo en ese escenario general de «desorden del mundo».

Este es mi punto. El Acuerdo con el Mercosur tiene una indiscutible relevancia económica y comercial. Los 27 Estados Miembros de la UE, sumados a Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, representan más de 700 millones de personas, constituyendo de ahora en adelante una de las mayores zonas de libre comercio del mundo. Las cláusulas comerciales ya se encuentran en aplicación provisional, a la espera con expectación de las ratificaciones indispensables para que las restantes dimensiones de la Asociación entren en vigor. Fue posible llegar a un entendimiento que hizo justicia no solo a las virtudes del comercio internacional lo más libre posible de barreras, sino también a las genuinas preocupaciones europeas por salvaguardar aspectos ambientales y sociales. Las partes demostraron, por tanto, voluntad y sentido de compromiso, capacidad negociadora y confianza recíproca.

Todo esto es muy importante. Pero permítaseme decir que es aún más importante el marco y el alcance geopolítico de este acuerdo económico y comercial.

Primero, por la afirmación clarísima, por parte de europeos y latinoamericanos, de la preferencia por el diálogo, la negociación y el acuerdo; es decir, por las dinámicas bilaterales y multilaterales. Ocurriendo esto en una coyuntura desafortunadamente marcada por el aislacionismo, el unilateralismo y la cruda exhibición de la fuerza.

Después, porque Europa supo, sacudiéndose un letargo que la había capturado, recuperar su capacidad de iniciativa, buscando reforzar la alianza con otros actores internacionales, más allá de la habitual (y siempre necesaria, no quepa duda) relación con los Estados Unidos. Mostrando que no se alineaba con el transaccionalismo de la actual Administración estadounidense, y que se mantenía fiel a sus valores (e intereses) como gran bloque democrático y abierto al comercio mundial.

Y, sobre todo, porque la Unión Europea y el Mercosur tradujeron en cosas concretas y mutuamente beneficiosas lo mucho que tienen en común en términos de historia, cultura, posicionamiento internacional y visión de futuro. En conjunto, Europa y América Latina superan los mil millones de personas, representando, por ejemplo, un tercio de los países con presencia en las Naciones Unidas. Su responsabilidad en la ordenación armoniosa del mundo es evidente; puede y debe asumirse con determinación. No solo en el plano económico y comercial, sino también en las demás dimensiones de relación y afirmación, con especial destaque para la cultural, la diplomática y la política.

Cooperación, por tanto, en el pleno y más fuerte sentido de la palabra. Y, para ello, ha sido esencial la contribución de Portugal y España —de varios otros países también, en lo que respecta al lado europeo, pero con especial fuerza, persistencia y constancia, Portugal y España. No solo por nuestras conexiones históricas y lingüísticas particulares (y, por supuesto, por la importancia de la relación bilateral que mantenemos con países como Brasil y Argentina, dentro del Mercosur, o con México y Colombia, fuera de él); también, y sobre todo, por la manera en que entendemos el vínculo atlántico: un vínculo de Europa no solo con el Atlántico Norte, sino también, de forma crucial, con el Atlántico Sur (lo que incluye además a África, aunque ese sería tema para otro ensayo).

Me parece indiscutible que Europa necesita a América Latina tanto como América Latina necesita a Europa. El mundo ya es y será cada vez más multipolar. Las naciones y uniones entre naciones deben cultivar lazos múltiples que disminuyan la dependencia respecto a un solo polo hegemónico, y amplíen los horizontes de los intercambios, la movilidad humana, la comunicación y la colaboración entre las personas y los pueblos.

La Comunidad Iberoamericana es una fórmula especialmente afortunada, cuyo potencial está lejos de ser aprovechado por completo. El Acuerdo UE-Mercosur es un paso decisivo en el estrechamiento de los lazos, la apertura de oportunidades y la explotación de ventajas comparativas.

En la bella isla gallega de A Toxa, escuchando al Rey de España, al expresidente portugués, al Presidente del Gobierno español, al secretario ejecutivo de la SEGIB, al presidente de la Confederación Empresarial Iberoamericana y a tantos otros expertos y responsables, pude confortarme una vez más en esta profunda convicción mía: que, al contrario de lo que fabuló José Saramago en esa gran novela de la literatura universal que es La balsa de piedra, no es necesario que la Península Ibérica rompa con el continente europeo para acercarse más al Atlántico Sur. Es todo lo contrario: manteniéndose bien unida a Europa y llevándola consigo a ese diálogo que practicó y practica con América Latina.

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