La relación económica de Europa con China necesita más autonomía estratégica

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10 Jun 2026

La visita de Emmanuel Macron a Pekín en diciembre de 2025 ilustra perfectamente la posición cada vez más débil de Europa frente a China. A pesar de los gestos diplomáticos y las atenciones del presidente Xi Jinping, que incluso acompañó personalmente a Macron a Chengdu —un honor raramente concedido a líderes extranjeros—, el presidente francés regresó a casa prácticamente con las manos vacías. Sin contratos comerciales significativos, sin avances en Ucrania y sin concesiones reales por parte de Beijing.

Este episodio resume una verdad incómoda que Europa debe aceptar: la relación económica con China ya no aporta los beneficios que muchos líderes europeos aún creen posibles. Lejos de ser una oportunidad de crecimiento mutuo, esta relación se ha convertido en una fuente creciente de vulnerabilidades estratégicas para el continente.
 

El espejismo de las exportaciones

 
El argumento más recurrente para justificar el acercamiento a China es el supuesto potencial de su enorme mercado. Sin embargo, los datos pintan una realidad muy diferente. China no solo ha cerrado 2025 con un superávit comercial récord de un billón de dólares, sino que este desequilibrio también afecta gravemente a Europa.

El déficit comercial de la Unión Europea con China alcanzó los 400.000 millones de euros hace un par de años, una cifra que refleja una asimetría estructural en la relación comercial y se espera que alcance de nuevo esa cifra récord en 2025, tras la deceleración de 2024 por la presión de las autoridades europeas. Las exportaciones europeas a China siguen desplomándose con tasas de crecimiento altamente negativas mientras que el gigante asiático ha incrementado sus ventas al continente. China necesita más que nunca mantener su superávit comercial, especialmente tras los aranceles adicionales impuestos por Trump que las exportaciones directas a EE.UU. sean las únicas que se reducen para China. En este contexto, resulta ingenuo pensar que Beijing abrirá sus puertas a los productos europeos.
 

Una dependencia peligrosa en las importaciones

 
Mientras Europa tiene dificultades para vender a China, su dependencia de las importaciones chinas no deja de crecer. Actualmente, casi el 23% del total de las importaciones de la UE procede de China, una cifra que se ha intensificado constantemente en las últimas dos décadas.

Esta dependencia es particularmente preocupante en sectores estratégicos. Europa importa de China el 100% de elementos pesados de tierras raras necesarios para reactores nucleares y fibra óptica, el 97% del magnesio utilizado en aleaciones aeroespaciales, y el 85% de elementos ligeros de tierras raras esenciales para catalizadores, imanes y la industria de las renovables. La crisis energética provocada por la guerra de Ucrania debería haber servido de lección sobre los riesgos de depender excesivamente de regímenes autoritarios.

Con el cierre del mercado estadounidense debido a los aranceles de Trump, Europa se enfrenta ahora a una avalancha de productos chinos que buscan nuevos destinos. Las exportaciones chinas a la UE crecieron un 8,3% en abril de 2025, inundando los puertos europeos de mercancía que originalmente iba dirigida a Estados Unidos. Esta situación pone aún más presión sobre la industria europea, que debe competir con productos fabricados a costes significativamente menores.
 

Inversiones sin retorno

 
Otro argumento tradicional para mantener relaciones estrechas con China es la atracción de inversión extranjera directa. Algunos líderes europeos aún esperan que China abra su mercado a la inversión europea. Sin embargo, esta esperanza choca con la realidad sobre el terreno.

Las compañías europeas que operan en China tienen cada vez más dificultades para hacer negocios en el país. Las empresas europeas en territorio chino enfrentan crecientes obstáculos regulatorios, falta de reciprocidad en el acceso al mercado y un entorno cada vez más hostil para los inversores extranjeros. Los beneficios de estas inversiones se han reducido drásticamente, y muchas empresas europeas están reconsiderando su presencia en el mercado chino.

Por el lado de la inversión china en Europa, el panorama tampoco es alentador. Las asociaciones existentes entre Europa y China están comprometiendo las normas de la UE en materia de transferencia de tecnología y contaminación. Mientras que China históricamente logró obtener transferencias tecnológicas masivas de la inversión extranjera en su territorio, las inversiones chinas en Europa rara vez conllevan una transferencia tecnológica significativa hacia el continente.

Por otro lado, muchos países europeos esperan ansiosamente que las empresas chinas traigan plantas de baterías y coches eléctricos y que transfieran tecnología puntera a la vez que generan empleo. La realidad es bien distinta. China no tiene intención de transferir tecnología porque sabe que eso es exactamente lo que le permitió llegar a donde está. De hecho, las plantas que ya están en marcha en Europa, incluyendo en España, tiene modelos de baterías más atrasados que los que se utilizan en China. Finalmente, dado que la producción es menos costosa y más eficiente en China, el uso de las plantas en Europa es una opción menos rentable para China que necesita para protegerse del proteccionismo europeo. De levantarse los aranceles europeos a los coches eléctricos, el incentivo que actualmente parece tener China para producir en Europa se reducirá sustancialmente, especialmente dado el problema de sobrecapacidad que tiene China actualmente y la necesidad de generar empleo dentro del país.
 

El contexto geopolítico

 
La presión sobre Europa para acercarse a China se ha intensificado con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y su política de aranceles agresivos. Ante la incertidumbre transatlántica, algunos líderes europeos ven en China una alternativa para diversificar sus relaciones económicas.

Sin embargo, este razonamiento ignora lecciones fundamentales. Europa está atrapada en múltiples frentes: Rusia persiste con ataques híbridos, la administración Trump critica a Europa calificándola de económicamente moribunda y dependiente en seguridad, y China ha transformado en arma las dependencias estratégicas que Europa ha acumulado. Beijing está utilizando su influencia económica para obtener concesiones políticas estratégicas, mientras las llamadas europeas a reducir los desequilibrios comerciales caen en oídos sordos puesto que China sigue sin tomar medidas contundentes al respecto. De hecho, China se siente cómoda con los desequilibrios actuales porque le garantizan una influencia desproporcionada al hacer que el resto del mundo depende de las exportaciones chinas. El mejor ejemplo son las tierras raras y los minerales críticos pero hay muchos otros.
 

Una estrategia alternativa

 
Europa no puede permitirse lanzarse a los brazos de China como respuesta a las políticas de Trump. Los costes de abandonar las políticas de reducción de riesgos (de-risking) que la Comisión Europea ha estado impulsando en los últimos años serían enormes, y los beneficios extremadamente limitados.

Europa debería centrarse en fortalecer su autonomía estratégica, reducir sus dependencias críticas en sectores como minerales raros, tecnologías verdes y semiconductores y muchos otros que están por llegar en el ámbito de la robótica, por ejemplo.

Adicionalmente Europa debería implementar políticas comerciales más firmes, manteniendo y reforzando los instrumentos de defensa comercial a la vez que invierte más en innovación puntera y diversifica sus mercados. Europa también ha de protegerse de las adquisiciones de su tecnología puntera.
 

Conclusión

 
La tentación de buscar refugio en China ante las incertidumbres provocadas por las políticas comerciales de Estados Unidos es comprensible pero equivocada. Los datos demuestran claramente que Europa ya no se beneficia apenas de su relación económica con China: exporta cada vez menos al mercado chino, acumula dependencias peligrosas en las importaciones, la inversión europea en China no genera los retornos esperados, y la inversión china en Europa rara vez transfiere tecnología de valor.

La visita de Macron a Pekín marca un paso más en la creciente asimetría entre Europa y China, donde Beijing ejerce su influencia económica para obtener concesiones políticas estratégicas. Continuar por este camino solo profundizará las vulnerabilidades europeas.

Europa debe aprender de sus errores pasados con Rusia y no repetirlos con China.

La diversificación, la autonomía estratégica y una política comercial firme basada en la reciprocidad son los únicos caminos que garantizarán la prosperidad y seguridad del continente a largo plazo.

Lanzarse a los brazos de China, por tentador que parezca ante las políticas de Trump, sería un error histórico que Europa pagaría durante décadas.