¿El futuro sigue siendo atlántico?

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22 Oct 2026

«El futuro de Europa, América Latina y Estados Unidos no se decidirá por la historia que compartimos, sino por la capacidad de construir juntos aquello que aún no existe».

Vivimos un punto de inflexión histórica. Las certezas que durante décadas orientaron las decisiones internacionales han perdido parte de su capacidad explicativa, mientras que nuevas variables como la seguridad, la resiliencia, la tecnología, la energía y el poder condicionan hoy a Estados, mercados y sociedades.

Tras la caída del Muro de Berlín, aprendimos a interpretar las relaciones internacionales principalmente a través de una lógica económica: productividad, ventajas comparativas, eficiencia logística y precios. Esta lógica se mantiene, pero ya no es suficiente. La geopolítica ha vuelto, y lo ha hecho para quedarse.

Hoy, decidir quién produce, quién exporta, quién compra y en qué condiciones implica, cada vez más, consideraciones de seguridad nacional, alineaciones estratégicas y disputas de poder. Los bienes, los capitales, la tecnología y las cadenas productivas han dejado de ser meros activos económicos; se han convertido también en instrumentos de presión, negociación y, en algunos casos, coerción.

Es habitual hablar de transición. Sin embargo, tal vez estemos ante algo más profundo: la superación de los ciclos históricos que estructuraron el orden internacional durante décadas, o incluso siglos. La era unipolar, consolidada a partir de 1991, da paso a una distribución de poder más fragmentada. El sistema financiero, anclado en el dólar y el petróleo, se enfrenta a presiones derivadas de la transición energética y la búsqueda de alternativas transaccionales. La arquitectura multilateral erigida después de 1945 sufre un desgaste y una pérdida de eficacia. Y la propia centralidad histórica de Occidente, forjada a lo largo de más de quinientos años, afronta un redimensionamiento.

Es en este contexto donde el Triángulo Atlántico —formado por Europa, América Latina y Estados Unidos— puede adquirir una renovada importancia. No por nostalgia, ni únicamente por afinidades históricas y culturales, sino porque sus intereses concretos convergen en áreas esenciales para la prosperidad.

La comunidad empresarial lo percibió antes que los Estados. En Brasil, empresas estadounidenses y europeas han consolidado durante décadas una sólida presencia en sectores que trascienden el comercio exterior. Están integradas en el sistema financiero, la industria, los servicios, la infraestructura y el sector agroalimentario. Y ha ocurrido algo aún más interesante: muchas de estas compañías han dejado de ser meras filiales extranjeras. Han asimilado competencias, talento y cultura empresarial brasileña, transformando su presencia local en plataformas competitivas para otros mercados.

En este sentido, la integración atlántica no es solo una relación entre matrices y filiales; es un proceso de creación conjunta de valor.

La actuación de los Gobiernos, sin embargo, aún no acompaña plenamente esta realidad empresarial. Existen señales importantes que apuntan a priorizar las relaciones transatlánticas, pero lograr avances concretos sigue siendo un desafío. El comercio es, quizás, el mejor ejemplo.

La aplicación provisional del acuerdo comercial entre el Mercosur y la Unión Europea, que comenzó en mayo pasado, abre teóricamente una nueva etapa de integración. No obstante, su implementación exigirá aún un arduo trabajo político, regulatorio y corporativo. Lo mismo ocurre con el acuerdo Mercosul-EFTA. Estos instrumentos demuestran que hay margen para acercar los mercados, pero también evidencian el tiempo y la energía necesarios para transformar la afinidad estratégica en un acceso efectivo.

Con Estados Unidos, los últimos dos años han mostrado otra dimensión del problema. El llamado «tarifazo» puso de manifiesto cómo los mecanismos comerciales pueden utilizarse también como herramientas de presión geopolítica. Por otra parte, la reacción del sector privado —en especial de las empresas estadounidenses con intereses en Brasil— ha demostrado que la interdependencia económica puede actuar como un elemento de moderación.

Es aquí donde China debe entrar en la ecuación. No como una amenaza retórica, sino como una realidad económica ineludible.

Si los vértices del Triángulo Atlántico permanecen excesivamente cerrados entre sí, las empresas y los consumidores buscarán alternativas de manera natural.

El riesgo no radica simplemente en «perder» mercados frente a Oriente, sino en dejar de construir, entre socios históricos, las condiciones de competitividad necesarias para disputar el mundo emergente.

Los siglos de vínculos entre Europa, América Latina y Estados Unidos no garantizan el éxito futuro de esta relación. La historia genera capital político, pero no sustituye a la estrategia. Si se desaprovecha la oportunidad de integración, los costes se harán sentir precisamente donde más importan: en el acceso competitivo a alimentos, energía, infraestructuras y suministros críticos, dentro de un mundo marcado por la guerra en Europa, la inestabilidad en Oriente Medio y la vulnerabilidad de las rutas de abastecimiento.

Para el sector privado, esto se traduce en una necesidad concreta: seguridad jurídica, cadenas de suministro diversificadas, normativas previsibles y mercados abiertos que permitan la inversión a largo plazo.

Al fin y al cabo, la geopolítica ya no es un asunto reservado a las cancillerías; ha entrado en los consejos de administración, en la planificación industrial y en las decisiones de inversión.

La próxima Cumbre Iberoamericana en Madrid ofrece una oportunidad para reafirmar la centralidad de nuestra relación. Pero con reafirmarla no basta. Es imperativo transformar la afinidad en arquitectura, el discurso en instrumentos tangibles y la proximidad histórica en ventajas competitivas.

Las empresas, los parlamentos y la sociedad civil desempeñan un papel decisivo en este proceso. La integración del Triángulo Atlántico no puede depender de la fotografía de una Cumbre ni del ciclo político de un Gobierno. Debe construirse como una política de Estado: con más comercio, mayor inversión, certidumbre regulatoria y, sobre todo, un diálogo franco entre socios que se reconozcan como iguales.

La alternativa no se limita a elegir entre el Atlántico y Oriente. La verdadera elección es participar de forma activa en la construcción del nuevo sistema internacional o adaptarse a un orden diseñado por terceros. La realidad rara vez espera a que estemos preparados para ella. En esta ocasión, el mayor activo del Triángulo Atlántico tal vez sea precisamente la capacidad de prepararnos juntos. Si Europa, América Latina y Estados Unidos logran transformar su histórica interdependencia en una estrategia común renovada, no solo preservarán su protagonismo, sino que lo convertirán en una nueva fuente de prosperidad. A fin de cuentas, el futuro del Atlántico no lo decidirá la historia que comparten nuestros pueblos, sino nuestra capacidad de construir juntos aquello que aún no existe.

Este contenido se ha traducido con IA. Leer la versión original.