El nuevo (des)orden global

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12 May 2026


 
 
Las reglas que han gobernado el mundo en los últimos setenta años están en declive.El orden global basado en la multilateralidad y, desde la caída del Muro, en el predominio de Estados Unidos, se está desvaneciendo. Las rivalidades son mayores, China lucha por la hegemonía y prima la unilateralidad. Casi ningún escenario es ya descartable.

Este cambio es trascendental para las empresas que forman parte de la comunidad de LLYC. Estados Unidos, Europa y América Latina —las regiones en las que opera nuestra compañía— están adoptando nuevos roles y nuevas relaciones, lo que está generando fuertes tensiones comerciales. Pero aún existen amplios espacios para la cooperación, la sinergia y los valores democráticos. En este diálogo, Luisa García y Pol Morillas abordan la vertiente geopolítica de los muchos retos que nos esperan.

Luisa García (LG): Cuando empezamos a pensar cómo queríamos celebrar el 30 aniversario de LLYC tuvimos claro que, aunque estamos muy orgullosos de lo que hemos logrado en estos años, queríamos mirar al futuro. Por eso lanzamos el programa Partners for What’s Next, con la idea de estar cerca de los clientes y los colaboradores para entender los desafíos que nos esperan y poder acompañarles cuando se enfrenten a ellos. En ese contexto, era importante tener una conversación sobre el nuevo orden, o desorden, mundial. Y con nadie mejor que con Pol Morillas, autor del libro El patio de los mayores. Europa ante un mundo hostil, y director del CIDOB de Barcelona, uno de los más importantes think tanks de estudios internacionales de Europa.

Pol Morillas (PM): Muchas gracias por compartir este tiempo conmigo e invitarme a participar en vuestras conversaciones.

LG: Pol, venimos de un mundo marcado por el multilateralismo, en el que instituciones como el FMI, la ONU o el Banco Mundial impulsaban la globalización, el comercio y la cooperación. Pero ya sabemos que en el futuro el mundo, probablemente, ya no se regirá por ese orden.

PM: Efectivamente, creo que en este momento estamos viendo una tendencia hacia un mundo multipolar en el que no predomina un único país, Estados Unidos, sino dos, China y Estados Unidos. Y en el que las potencias medias también quieren participar en el reparto del pastel del poder internacional. Es más multipolar pero, al mismo tiempo, cada vez menos multilateral.

Las instituciones a las que hacías referencia pierden relevancia a la hora de estructurar las relaciones. Y esa multipolaridad sin multilateralismo es lo que nos produce la sensación de desamparo. Se puede reforzar el papel de los Estados, el de las grandes potencias, para que sean ambas instancias las que manden en la estructuración de las relaciones internacionales. Pero las crisis a las que tendremos que hacer frente —las climáticas, las vinculadas a las regulaciones tecnológicas, la pandemia del covid-19 en su momento u otra parecida en el futuro— seguirán siendo crisis transnacionales. Esa es la gran paradoja a la que nos enfrentamos en este momento.

LG: LLYC nació en España e inició su expansión internacional hace ya veintiocho años en América Latina. Quería preguntarte por el papel de esas dos regiones, Europa y América Latina. ¿Son solo espectadoras, son solo moneda de cambio en la nueva lucha por el poder?

PM: Creo que, en este nuevo orden internacional, Europa y América Latina comparten una posición similar. Europa siempre ha dependido de Estados Unidos para su seguridad. La relación transatlántica es fundamental, también como polo de comercio internacional y centro de la economía mundial en el Atlántico. Y ahora Europa se plantea si ante la crisis en las relaciones transatlánticas con Trump, que también se debe al auge de nuevas potencias, debe diversificar sus alianzas. Y América Latina está un poco en la misma consideración. No puede depender únicamente de las crecientes inversiones chinas. Debe mantener una buena relación con la Unión Europea —lo hemos visto en las discusiones sobre el Tratado Unión Europea- Mercosur—, pero sin dejar de mirar a Estados Unidos, con el que por supuesto siempre ha mantenido una relación muy cercana. América Latina y Europa comparten la sensación de tener que pivotar entre muchos actores al mismo tiempo, porque su contexto, ese mundo más multipolar, también ha cambiado.

LG: Sí, Europa y América Latina tienen que aprender a ser más polígamas. Pero en esa poligamia compartida, ¿crees que hay espacio para reforzar la relación entre ambas? Mencionabas el acuerdo de Mercosur-UE. ¿Es real la oportunidad y el movimiento de refuerzo de América Latina y la Unión Europea o sigue siendo una entelequia?

PM: La relación entre América Latina y Europa es muy desigual. Está marcada por la desconfianza, a veces debida a la herencia del colonialismo. Y eso afecta a esa relación bilateral. Pero si ampliamos la foto y vemos dónde se ubican el resto de las potencias internacionales, y miramos hacia el futuro, hacia dónde se dirigen estos dos continentes, seguramente les une mucho más de lo que les separa.

LG: Por supuesto, superar el pasado y mirar hacia el futuro es fundamental. Además, de la misma manera que con la ampliación de la Unión Europea nos hemos dado cuenta de lo diversa que es Europa, no se puede pensar en América Latina como una unidad. La relación de Europa con México no tiene nada que ver con su relación con Brasil, ni con la relación entre México y Brasil.

PM: Eso nos lleva a otra cuestión importante: la fragmentación de los sistemas políticos en muchas regiones del mundo. En el caso de Europa, lo que le hace más daño a la hora de relacionarse con otros países, y con Estados Unidos en particular, es su fragmentación interna. Lo vimos, por ejemplo, en el acuerdo comercial entre la Unión Europea y Estados Unidos. Mostró a una Europa con voluntad de plegarse a las demandas estadounidenses, que no quiso jugar la carta más valiosa que tiene: una política comercial común, la capacidad de actuar en el ámbito económico y comercial con una sola voz. Algo que no tiene en defensa o en tecnología. A Europa le daba mucho miedo la fragmentación interna, el impacto que una negociación contraria a los intereses de Estados Unidos pudiese generar dentro de la Unión Europea. Muchas veces no es tanto que la Unión Europea no tenga herramientas para actuar, o que carezca de poder, que lo tiene, lo que pasa es que ese poder está excesivamente fragmentado.

“Vivimos en un mundo en el que se conjugan los intereses nacionales de las grandes potencias, defendidos a ultranza, y las interdependencias que pasan por el embudo de la instrumentalización.”
Pol Morillas

LG: Mirando de nuevo a los ejes, has hablado de la política comercial y de seguridad entre Estados Unidos y la Unión Europea. ¿Qué otros temas de la política exterior estadounidense crees que van a marcar la agenda de aquí a las midterms, las elecciones intermedias [además de la intervención en Venezuela e Irán]?

PM: Creo que en la Administración republicana, y en el propio movimiento MAGA, hay un gran debate sobre la política exterior del país y sobre dos preceptos fundamentales de esta. Por un lado están quienes dicen que hay que centrarse en los intereses propios de Estados Unidos, e incluso en su área de influencia más cercana. En ese sentido pudimos ver las declaraciones de Trump respecto a Canadá, Groenlandia o Panamá, como si esos países fueran su patio trasero, donde Estados Unidos lo puede todo. Ese bando prioriza la concepción de la seguridad. En esta visión entrarían los impunes ataques a lanchas en el Caribe, bajo el pretexto de que son narcolanchas y un problema para la seguridad americana americana [y que precedieron al secuestro de Nicolás Maduro].

Y otro bando dice que no, que Estados Unidos tiene un rival fundamental más allá de su hemisferio occidental y de su entorno más cercano, que es China. Y lo que hay que hacer es equipar toda la política exterior americana para la confrontación o la competición con China. Esas dos visiones de la política exterior coexisten con otras que dicen que para priorizar China lo que hay que hacer es dejar de ocuparse de los escenarios que no les interesan, en los que no quieren proyectar su política exterior, ya sea Oriente Medio [aunque el ataque a Irán desautoriza esta versión], Europa o Ucrania.

LG: Se trata, pues, de priorizar.

PM: Nos cuesta descifrar cuáles son los objetivos de la política exterior de Trump. Porque nos hace dudar constantemente y cambia de opinión y tiene posiciones variables sobre distintos temas. En particular sobre China.

LG: La relación entre Estados Unidos y China está muy marcada por el impacto que tiene la tecnología en la agenda geopolítica, desde las tierras raras hasta la legislación de la inteligencia artificial. Y en toda la cadena vemos un clarísimo impacto en el ámbito comercial. Nosotros, además de eso, hemos identificado el cambio climático o las migraciones. ¿De qué temas os vais a ocupar en el CIDOB en los próximos meses o años?

PM: Creo que en muchos de estos ámbitos que mencionas lo que impera es la lógica con la que empezamos la conversación. La de las interdependencias que todavía existen, esa transnacionalidad de los fenómenos que incide en el comercio, el cambio climático, las migraciones o la tecnología. Todas estas cuestiones son necesariamente transnacionales. Pero lo que rige las relaciones es la instrumentalización de estos temas de acuerdo a los intereses de las naciones. En el caso del comercio lo vemos claramente. Estados Unidos y China no han dejado de comerciar; al contrario, siguen sujetos a grandes interdependencias comerciales. ¿Qué sucede? Que esas interdependencias se instrumentalizan y se utilizan como arma de presión geopolítica contra el otro. Es algo evidente en el caso de las tierras raras, con la limitación de la exportación de semiconductores, chips y tecnología avanzada de Estados Unidos a China, sobre todo los de potencial uso dual, es decir, civil y militar.

En las migraciones, lo que estamos viendo con frecuencia es que muchos países también las están instrumentalizando como arma de desestabilización contra terceros países. Ocurrió, por ejemplo, cuando Rusia dejó pasar libremente a refugiados de distintos países como Afganistán a Finlandia y otros países fronterizos como mecanismo de presión o desestabilización. En el fondo, las migraciones también son interdependencias o fenómenos transnacionales que los Estados instrumentalizan. Y respecto a la tecnología, ya hemos hablado de elementos básicos como los chips, los semiconductores o las tierras raras, componentes necesarios para la tecnologías avanzadas que también son instrumentalizados. Vivimos en un mundo en el que se conjugan los intereses nacionales de las grandes potencias, defendidos a ultranza y cada vez con menos reparos, y las interdependencias que pasan por ese embudo de la instrumentalización.

LG: ¿Y qué pueden hacer las empresas para entender, anticiparse y operar mejor en ese mundo? Porque a veces los tiempos son muy cortos. Por ejemplo, la agilidad para adaptar las cadenas de suministro ante un cambio en los aranceles es un ejemplo evidente. ¿Qué buenas prácticas podrían desarrollar esas habilidades que a veces en la empresa están menos avanzadas?

PM: En primer lugar, hay que darle la vuelta al binomio mercado-geopolítica. Lo que estamos viendo ahora es que muchas veces la geopolítica condiciona las relaciones comerciales y los socios principales con los que se quieren mantener unas relaciones comerciales fluidas e intensas. Si antes se creía que la geopolítica reduciría suavemente su incidencia gracias a las fuerzas del mercado, ahora lo que estamos viendo es más bien lo contrario. La geopolítica recrudece las relaciones de mercado y, por lo tanto, las empresas deben incorporar este factor que antes se consideraba un aspecto de no mercado, o un aspecto secundario, en la cuenta de resultados. Ahora pasa a tener un impacto primario y debe estar en el centro del análisis de los elementos de mercado. Es el gran cambio de paradigma: venimos de un mundo globalizado, sin barreras y con cadenas de valor globales sin restricciones, pero cada vez más vemos que va dejando lugar a una preeminencia de ese poder del Estado en las relaciones geopolíticas e incluso en la intervención en industrias y empresas críticas.

LG: Creo que hemos hecho un buen recorrido, porque hemos hablado primero del nuevo escenario de multipolaridad, de los bloques y de cómo estos se adaptan a la nueva situación, combinando la política interna y la política externa de una manera indivisible. También nos has hablado de cómo en la política entre países o entre bloques algunos de los grandes temas se instrumentalizan. Y terminamos con esta propuesta de cambiar nuestra perspectiva empresarial, porque este nuevo contexto la geopolítica va a tener un impacto mucho más directo del que tenía antes, y probablemente mucho más rápido, y debemos anticiparnos y tener el conocimiento dentro de la casa que nos permita, como mínimo, diseñar algún escenario. Hemos hablado de Europa, de China, de América Latina, de Estados Unidos, hemos mencionado la migración, la tecnología. ¿Hay algo que en el CIDOB consideréis que no está recibiendo la suficiente atención?

PM: Hay dos cuestiones. La primera, que impacta directamente en los mecanismos de las relaciones políticas y sociales en nuestras sociedades, es el futuro de la democracia. Es decir, hasta qué punto, y en particular en Europa, aquello que han sido valores incontestables son y siguen siendo el mecanismo de gobierno deseado. Hoy hay que demostrar más que nunca que esas ideas siguen teniendo vigencia, porque hay otras que inciden en una dirección diferente y las ponen en cuestión. Y en otro ámbito de cosas, hay un elemento que no hemos mencionado y es fundamental para Europa y para España en particular: África. A Europa no solo le ha faltado visión estratégica a la hora de definir la relación que quiere mantener con sus vecinos del sur de la Unión Europea, sino sobre muchos fenómenos de seguridad, de crisis climática, de migraciones, de refugiados, de tráficos ilícitos. Muchas de esas cuestiones tienen su origen en el África subsahariana, o en el Sahel en particular. Europa tiene que dejar de dar la espalda al continente africano porque deberíamos entender el mar Mediterráneo más como un lago que como un mar.

“Hay que darle la vuelta al binomio mercado-geopolítica. La geopolítica recrudece las relaciones de mercado y, por lo tanto, las empresas deben incorporar este factor en su cuenta de resultados.”
Pol Morillas