El Triángulo Atlántico y la relación Europa-América Latina: cuando el riesgo pasa a ordenar la estrategia

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22 Oct 2026

El mundo actual es sin duda difícil de navegar: estamos viviendo un período de importantes transformaciones en el plano internacional, con guerras en Medio Oriente y Europa, tensiones y focos de conflicto en otras regiones y disputas comerciales y arancelarias entre las principales potencias.

En ese escenario, Estados Unidos, Europa y América Latina redefinen sus vínculos, y de esa redefinición depende en buena medida el lugar que ocuparán en la economía global en las próximas décadas.

El riesgo geopolítico volvió a la primera plana no solo por la conflictividad en sí, sino por dos factores que la potencian: la interdependencia económica fruto de la globalización y la cercanía de varios conflictos a los grandes cuellos de botella del comercio internacional. Las cifras ayudan a dimensionarlo. En 2025 el comercio equivalió al 68% del PBI global, según el Banco Mundial; en gran medida, se desarrolla en el marco de cadenas de valor globales. Además, cerca del 80% del intercambio de bienes viaja por mar y atraviesa puntos críticos como los estrechos de Ormuz, Malaca y Taiwán o los canales de Suez y Panamá.

Durante décadas, las decisiones de producción y comercio respondieron a una lógica dominante: la eficiencia medida en costos y tiempos. Esa lógica impulsó la deslocalización hacia economías emergentes y el modelo just in time, con inventarios mínimos. Desde 2020, tres shocks de distinta naturaleza la pusieron en cuestión: la pandemia de COVID-19, la guerra en Ucrania y los conflictos en Medio Oriente.

El resultado es una reconfiguración lenta pero sostenida de las cadenas de valor, con tres movimientos: el nearshoring (producir cerca de los grandes centros de consumo), el friendshoring (hacerlo en países políticamente alineados) y la diversificación, que no consiste sólo en sumar proveedores, sino en ubicarlos en zonas menos expuestas al riesgo.

En los tres casos, las empresas buscan más control sobre sus cadenas de suministro y una mayor diversificación en materia de mercados; en ese proceso, exploran también nuevos modelos de negocio.

Según el Informe sobre las Inversiones en el Mundo 2026 de la UNCTAD, la inversión extranjera directa (IED) creció 6% en 2025 y es cada vez más selectiva: las 20 principales economías receptoras concentran más del 80% de los flujos. Europa explica parte de ese aumento: la IED recibida aumentó 39%, de USD 204.000 millones en 2024 a USD 285.000 millones en 2025, concentrada en los sectores industriales y tecnológicos. La búsqueda de resiliencia, seguridad y autonomía estratégica, en un marco de tensiones geopolíticas y geoeconómicas con Estados Unidos pero también con China, explica esta tendencia.

América Latina y el Caribe, por su parte, recibió cerca de USD 188.000 millones en IED en 2025, un 14% más que en 2024, impulsados por el crecimiento de la inversión en Sudamérica y, en especial, en Brasil. La región concentra una serie de recursos naturales estratégicos tanto hoy como a futuro, entre ellos los minerales críticos, las tierras raras y los recursos energéticos e hídricos. Pero como sostiene la Comisión de la CEPAL sobre Geopolítica, Globalización y Desarrollo en su informe de agosto de 2026, también cuenta con otros “activos estratégicos”, como sus capacidades productivas, humanas y financieras, y su condición de zona de paz.

El tercer vértice del triángulo, Estados Unidos, recalibra su rol global y revisa sus alianzas, entre ellas la relación transatlántica con Europa, hoy cuestionada a ambos lados del océano. Al mismo tiempo, la Estrategia de Seguridad Nacional de fines de 2025 y el “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe expresan un interés renovado y más asertivo en el hemisferio occidental, con el objetivo de limitar la influencia china en diversos campos. Por caso, en septiembre de 2026, Washington anunció el Corredor Andes-Atlántico y una inversión de USD 7.000 millones en infraestructura, ambos en Argentina.

¿Qué lugar ocupa entonces la relación entre Europa y América Latina? El otro vínculo transatlántico puede revitalizarse, impulsado por la necesidad de seguridad y resiliencia y por marcos como el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur. Para ambas partes, es una forma de diversificar socios comerciales, especialmente en aquellos ámbitos en los cuales existe una complementariedad significativa: entre ellos, la energía, los minerales críticos, las cadenas de valor industriales, la economía del conocimiento y la transformación digital. Pero la apuesta es más ambiciosa: que la relación birregional no se limite a lo comercial y sea también productiva, tecnológica y geopolítica. En este sentido, la próxima Cumbre Iberoamericana que se celebrará en Madrid en noviembre cobra especial relevancia.

Los líderes empresariales conocen a la perfección sus sectores, mercados y modelos de negocio. Están acostumbrados a tomar decisiones estratégicas y audaces, cuando la oportunidad se presenta. Hoy, sin embargo, enfrentan un nuevo escenario. No alcanza con la eficiencia: hay que anticipar riesgos. No alcanza con la previsión: hay que adaptarse. Contar con el talento adecuado, desarrollar capacidades de prospectiva estratégica y fortalecer ecosistemas globales, que proporcionen socios, insights y soluciones en tiempo real, serán las claves para convertir los riesgos en oportunidades en este mundo turbulento.