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TemáticasDemocraciaInteligencia Artificial
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SectorTecnologías de la Información y la Comunicación
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PaísesGlobal
Alejandro Romero: En este número de UNO queremos abordar el papel de la desinformación, el fenómeno de las fake news, la posverdad, y quién es el dueño del relato, el famoso storytelling. Es un placer tener aquí para hablar de ello a Pepa Bueno y Daniel Innerarity. Y para comenzar, me gustaría saber, Pepa, ¿cómo podemos definir el concepto de la desinformación?
Pepa Bueno: Lo primero que hay que entender es que vivimos en el ecosistema de la desinformación. Pero nos cuesta identificarlo porque estamos muy dentro de él. Y ese ecosistema desempeña clara y nítidamente un papel relevante en la forma de hacer periodismo. La urgencia juega un papel en medios que están sometidos a mucho estrés financiero, con gravísimos problemas económicos que tienen un impacto tremendo en su modelo de negocio, y unos profesionales que tienen que aprender nuevas tecnologías a la par que tratan de aplicar una plantilla propia del periodismo clásico. Por cierto: yo prefiero decir “clásico” y no “tradicional”, porque lo clásico tiene una connotación noble y siempre permanece, mientras que la etiqueta de tradicional nos la han puesto para quitarnos de en medio. En todo caso, el periodismo clásico tiene que correr y atarse las zapatillas al mismo tiempo.
Pero para entender el momento presente de este ecosistema hay que describir tres grandes crisis que han afectado al periodismo clásico, que debía ser la vacuna contra la desinformación y, sin embargo, no lo está siendo. La primera es la crisis tecnológica. La irrupción de internet se ninguneo y despreció como algo que no competía con nuestro trabajo ni impactaba en nuestro modelo de negocio. Cuando nos dimos cuenta de que ambas cosas eran mentira, era tarde, y además todos los medios clásicos nos encontrábamos en una enorme crisis económica. Esta coincide con la gran crisis financiera de 2008. Y con la crisis de credibilidad de los intermediarios que, a mi juicio, deviene de la ruptura del pacto tácito de la posguerra mundial en las sociedades occidentales: tú te enriqueces con mi trabajo, pero yo y los míos progresamos.
Eso se rompe y a partir de ahí todos los intermediarios que operábamos entramos en crisis. Esta triple crisis que se abate sobre los medios de comunicación clásicos diezma las redacciones y las pone a competir con las redes sociales, en las que el vértigo y la desinformación forman parte del ecosistema. Y en esa batalla estamos todavía. Una batalla que nos aboca a la irrupción de la inteligencia artificial, que no solo compite con nosotros, sino que nos sustituye.
AR: Hay tres pilares en los que creo que merece la pena profundizar. El primero, la democracia y cómo le afecta esa desinformación. El segundo pilar sería el rol del profesional de la información, que sigue siendo un baluarte y me encanta ese concepto de clásico, no de tradicional, que decía Pepa. Y que también es aplicable a nuestra oferta de servicios clásica como firma de comunicación. Y el tercero, la irrupción de la tecnología y de internet y el concepto de democratización de la información que se ha utilizado muchas veces para justificar que cualquiera puede ser reportero o periodista.
Daniel, ¿qué reflexiones harías sobre el primer tema, la debilitación de la democracia?
Daniel Innerarity: Muchas, y no provenientes directamente del mundo del periodismo, porque no pertenezco a él. Pero me parece que puedo complementar lo que ha dicho Pepa. Creo que, básicamente, lo que existe es una gran dificultad para generar un ecosistema equilibrado entre los medios —yo antes decía “tradicionales”, pero voy a empezar a decir “clásicos”— y las redes sociales. Quisiera recordar que cuando aparecen las redes sociales, las recibimos como una ganancia democrática, cosa que era verdad. Recuerdo que vivía en una ciudad de provincias, como dirían en Madrid, en la que el director del único periódico se comportaba como un señor feudal. Para hacer valer tu opinión tenías que escribir una carta al director. Alguna vez he contado esto en clase y los alumnos me miran incrédulos.
En ese momento esto se rompe, se acaba con cierto caciquismo del periodismo clásico y, por tanto, se produce una horizontalización de la información. Era fantástico. Las primaveras árabes iban, por supuesto, a instaurar la democracia en el norte de África. La democracia era imparable gracias a este tipo de tecnología. Había el mismo determinismo que ahora vemos en un sentido negativo, pero entonces en sentido positivo. Y en paralelo a esto descubrimos la maravilla del mundo sin intermediarios. ¿Para qué necesitamos un periodista? ¿Para qué necesitamos un médico, si está el doctor Google? ¿Para qué necesitamos un cura, si me puedo relacionar con Dios directamente?
La tecnología también ha generado una explosión del saber disponible, de la información disponible, porque entras en Google y está todo. Lo cual ha hecho que los individuos que no somos profesionales del mundo de la información nos hayamos encontrado con una sobrecarga excesiva. Creo que ahora el gran problema no es tanto que haya gente manipulando, que también, como que la gente está completamente perdida en un horizonte. Esto es lo que a mí me hace reivindicar ahora el periodismo clásico y los buenos periodistas: personas que con otro talante, que no ejercen de señores o señoras feudales porque eso ya no vamos a tolerarlo, nos ayudan a navegar en este caótico e desregulado mercado cognitivo que tenemos. Y por tanto, habrá que inventar una fórmula o la figura de alguien que filtre, seleccione, priorice bien, no de manera interesada sino justificadamente, y que nos ayude a sobrevivir en este marasmo.
AR: Coincido. En la sociedad de hoy, creo que hay que poner en valor la importancia de los medios de comunicación y de los periodistas como responsables de comprobar la fuente: qué es creíble, que es confiable, y qué no lo es. Ahí está el nudo de la cuestión. Y creo que se necesita a alguien que se responsabilice de esa información.
Sucede lo mismo en la tecnología de la aviación. Los aviones hace años que están preparados para volar sin pilotos, pero sigue habiendo pilotos y, si le pasa algo al avión, queremos un responsable. Creo que en el periodismo clásico eso es lo que tenemos que poner en valor. Pero vayamos a la parte de riesgos. Pepa, ¿qué riesgos tiene esta desinformación que viene?
“La democracia está en riesgo y necesitamos al periodismo clásico y al profesional de la información que se hace responsable, con una firma, de que la información viene de una fuente contrastada, creíble y confiable.”
Alejandro Romero
PB: Hago un inciso a lo que decía Daniel, tan sugerente. Es cierto que el periodismo no puede volver al púlpito civil del que lo apeó la democratización que significó internet. Pero una cosa es abandonar el púlpito civil que dicta las normas y otra es ser desarrollar el método profesional que Alejandro señalaba y que permite organizar, jerarquizar y contar con fuentes contrastadas la información.
En todo caso, el riesgo para mí es la democracia, y con la democracia todas las instituciones que la sostienen. Y, por aterrizarlo, la pérdida de la convivencia. Llevamos dos décadas de este siglo recluidos en burbujas de confort ideológico, y esas burbujas que se han dado la espalda ahora han entrado directamente en combate. ¿Cómo permea ese combate de las burbujas y de confort ideológico en el que estás dándote la razón todo el rato con gente que piensa como tú? ¿Cómo permea eso al mundo físico, en una era en la que vuelve la ley del más fuerte? Yo no quiero ser apocalíptica, pero intuyo grandes riesgos, porque ya se ha cosificado mucho, se ha deshumanizado mucho al que no piensa como tú, y cuando enciendes por la mañana el móvil tienes una batalla campal, cotidiana y permanente. El salto de eso a la vida física, que no es tan disparatado, pone en riesgo la convivencia.
AR: ¿Y cómo se suma a ese riesgo el poder del algoritmo, algo que se diseñó con fines comerciales y de marketing para que, por ejemplo, si te gustaban las cañas de pescar tuvieras mucha información sobre ellas? Ahora la burbuja ideológica es brutal, porque solo recibes información de tu ideología y pierdes algo que señalabas, el contraste de la información. Creo que también hay que diferenciar lo que es una opinión de lo que es una información, porque existe una gran confusión.
PB: Eso es capital, porque no estamos en la era de la sobreinformación, estamos en la era de la sobreopinión.
AR: Estamos en la era de la sobreopinión y parece que la opinión es información. Si determinada persona me dice algo eso ya es dogma de fe, pero eso es su opinión, no es información. Daniel, ¿cuáles crees tú que son los riesgos?
DI: Primero, creo que vamos a tener que acostumbrarnos a vivir en un mundo un poco más caótico, un poco más incómodo, del que teníamos a finales del siglo pasado. No va a ser fácil, y solo se me ocurren soluciones parciales, muy lentas y limitadas. Por ejemplo, el fact-checking para detectar bulos o mentiras muy groseras con un criterio de objetividad.
Pero hay un riesgo sobre el que a veces se habla poco y tiene que ver con los instrumentos con los cuales hacemos frente a la desinformación. Estos instrumentos, a su vez, tienen que ser plenamente respetuosos con la libertad de expresión, porque si no podemos arreglar un problema pero generar otro muchísimo mayor. Hay que tener en cuenta que la democracia que queremos defender a capa y espada surgió de la experiencia histórica de que nadie tenía un acceso privilegiado a la verdad y nadie disponía de un monopolio de la descripción de la realidad. Y a partir de ahí se produjo una aceptación del pluralismo, de que tenemos interpretaciones distintas de la realidad, a veces muy contrarias, brutalmente antagónicas. Y eso nos genera incomodidad, y seguramente estaríamos más cómodos en un universo de mayores acuerdos, y al mismo tiempo puede considerarse una conquista.
AR: Otro riesgo enorme es la distorsión de la realidad. Parece que a fuerza de repetir algo que no es verdad, y que posiblemente está mucho más cerca de la mentira, al final se convierte en la verdad. Porque, ¿qué es entonces la verdad?
PB: Yo, cuando hablo de periodismo, he dejado de utilizar grandes palabras. He dejado de usar “independencia” o “rigor”, porque son polisémicas. Las utilizan indistintamente quien sale por la mañana con una opinión o convierte una anécdota en gran titular y quien hace el trabajo artesanal y pesado del periodismo, de valorar cuál es la noticia más importante, la que tiene mayor impacto en las personas, y la hemos contrastado y tenemos tres fuentes. Ya no hablo así. Digo que nuestro trabajo consiste en una aproximación honesta a la realidad.
AR: Otro gran concepto. Daniel, después de abordar los riesgos, abordemos las posibles soluciones. ¿Cuáles serían las soluciones para esta época dominada por la posverdad o la desinformación para limitar la confusión, hacer frente a la dictadura del algoritmo, o qué rol deben jugar los medios de comunicación y los periodistas?
DI: Déjame que me ponga en modo filósofo, que es inevitable en mi caso, y comience diciendo que debemos hacer un esfuerzo por entender bien lo que está pasando, por tener buenos conceptos. Esto no es una lucha entre buenos y malos, entre los que tienen una descripción perfecta de la realidad y los que quieren manipular. Sino que es fundamentalmente un escenario caótico en el que hay gente que se aprovecha. Pero el desorden es previo. Pasamos de un mundo relativamente ordenado y poco democrático a un mundo muy desordenado y aparentemente lo más democrático que hemos sido capaces de inventar.
Creo que es bueno hacer una precisión conceptual, diferenciar una opinión falsa de una falsa opinión. Opiniones falsas las digo yo muchas veces, porque era una opinión y luego resulta que me doy cuenta de que no era correcta. Pero una falsa opinión es una cosa bien distinta. Es algo que se presenta como opinión, pero en el fondo es una manipulación.
Creo que es muy importante que tengamos claridad conceptual, que sepamos bien el tipo de mundo en el que estamos viviendo y en este escenario subrayaría la limitación del fact-checking, porque la conversación pública no es una conversación acerca de la objetividad de las cosas, aunque esta sea muy importante, sino del modo en el que interpretamos las cosas. Yo suelo poner un ejemplo: cuando salimos de la crisis económica, de la Gran Recesión, una de las discusiones que nos ocupó durante casi un año era si realmente habíamos salido. ¿Por qué? Porque la derecha y la izquierda, por utilizar estas categorías, tenían una concepción distinta de qué era una economía sana, recuperada, tras una sacudida como aquella. ¿Cuál de las dos era mejor? Yo sé cuál era mejor, pero no me atrevería a decir que una era verdadera y otra era falsa. Es decir, aceptemos que la sociedad democrática es una sociedad que valora más el pluralismo, la libertad de expresión, aun asumiendo un cierto riesgo de que los manipuladores tengan más espacio del que deberían tener. Este es un principio que lucho mucho por mantener.
“No estamos en la era de la sobreinformación, estamos en la era de la sobreopinión.”
Pepa Bueno
AR: En esta conversación creo que no podemos dejar de tocar la irrupción de la inteligencia artificial. Daniel, antes hablabas del doctor Google, pero ahora tenemos además al doctor Perplexity, al doctor Cloud, al doctor ChatGPT, que son mucho más sofisticados. Google facilitó lo que antes se hacía con las enciclopedias. Pero ahora la dimensión es diferente. Pepa, ¿cómo afecta la inteligencia artificial generativa, y los agentes que se han convertido en ayudantes diarios de muchas de nuestras labores, a la desinformación?
PB: Con la inteligencia artificial pasa lo que nos ocurrió con internet, pero multiplicado. Insisto mucho en que creo que es fundamental identificar el ecosistema. Nuestra vida transcurre, también lo relacionado con la inteligencia artificial, en cinco o seis sitios. Los dueños de esas empresas, en este momento en el que todo es geopolítica, son mayoritariamente estadounidenses una es china y una rusa. Durante mucho tiempo fue solo negocio y ahora, para seguir haciendo negocio, han decidido ser activos en política. A mi juicio, la democracia ha dejado de serles útil, porque es muy pesada, deliberativa, tienes que poner de acuerdo a mucha gente, tienes que regular. Ha dejado de resultar útil y el algoritmo, que es el que determina nuestra conversación, nuestra posición, la cosificación del contrario, ha decidido entrar en política. Si no identificamos bien que este es el ecosistema y que estamos todos muy dentro, incluso la gente más formada e informada, malamente vamos a poder convivir en conflicto, que es lo que es la democracia.
Pero la libertad de expresión no puede ampararlo todo, Daniel, y te lo dice una periodista. No puede amparar la muerte civil de un ciudadano que piensa distinto que tú. Y eso lo estamos viendo todos los días. Se está amparando la mentira, la desinformación, las campañas de muerte civil en la vida real, física, de muchas personas y de muchas familias, de muchos periodistas. Sobre lo que planteabas sobre la inteligencia artificial. Los periodistas no podemos cometer el mismo error que en el 2000 con internet, que es dejar esta herramienta en manos de las empresas. En El País, todo mi empeño era que desde el primer momento hubiera criterio editorial, hubiera periodistas en las decisiones empresariales que afectaban a la inteligencia artificial, tanto en la adquisición de herramientas como en la estrategia empresarial y económica.
La inteligencia artificial se está utilizando muchísimo en las redacciones. La primera aproximación, el primer protocolo en el que yo intervine, en El País, porque en Televisión Española ya me lo he encontrado hecho cuando he vuelto, fue que en última instancia, de la misma manera que vivimos la era del individuo y de la sobreopinión de cada uno, el periodista es el responsable último. La empresa tiene responsabilidad, pero hay que apelar a la responsabilidad de los individuos cuando utilizan la herramienta para decirle al lector “no te estoy engañando”. Soy yo el que utilizo esta herramienta tan fastuosa que me facilita muchísimas cosas —me simplifica los procesos de traducción, me da acceso a resúmenes que me permiten ganar tiempo para estar en el cualitativo que yo te tengo que ofrecer como periodista—. Pero que esto, todo este proceso lo he comandado yo.
AR: Y que además al ser responsable de ese artículo, de esa información o ese reportaje se juega su prestigio y su marca personal. Y coincido que tiene múltiples aspectos positivos en términos de research, de deep research, de acceso a mucha más información que hay que contrastar. Daniel, desde tu punto de vista, ¿cuál es el impacto de la irrupción de la IA?
DI: Yo contestaría en dos planos, el micro y el macro. En el plano del oficio y en el geoestratégico. En el de los oficios está, por supuesto, el periodismo, pero yo soy profesor e investigador. Y veo en los dos ámbitos el mismo debate. Norbert Wiener, uno de los padres de la inteligencia artificial, decía una frase que yo repito muchísimo porque me parece que lo resume todo. Decía que el mundo del futuro va a ser una lucha cada vez más exigente contra los límites de nuestra inteligencia. No vamos a estar tumbados cómodamente en una hamaca servidos por robots esclavos. Y yo añado a “servidos”, “sustituidos”. No vamos a un horizonte de sustitución; vamos, sobre todo si lo hacemos bien, a un horizonte de lucha contra los límites de nuestra inteligencia. Y seguramente los filósofos, los periodistas, los politólogos y los ingenieros tendremos que plantearnos una pregunta incómoda: lo que yo hago, ¿tiene valor añadido? ¿Qué parte de lo que hago tiene realmente valor añadido? Tenemos que hacernos preguntas como: ¿lo que he hecho yo esta mañana podía haberlo hecho una máquina? Porque igual deberías dedicarte a otra cosa, buscar la competitividad, pero también la satisfacción de luchar contra tus propios límites. Yo espero mucho de la creatividad de las profesiones que van a verse descargadas de tareas que no tienen ningún valor. Por supuesto, ahora esto es incómodo, pero también fascinante.
Esa sería mi respuesta respecto a lo micro, el oficio. La respuesta respecto a lo macro es que estamos en un entorno geopolítico muy fastidioso en el cual los grandes señores que dominan las plataformas y la tecnología, los tecnosolucionistas o los señores feudales de la tecnología, no creen en la democracia. Hay una correlación estricta: cuanto más crédulo eres del poder de la tecnología, menos crees en la democracia. Peter Thiel y Elon Musk, toda esta gente, lo dice abiertamente: con la tecnología podemos solucionar todos los problemas de la humanidad. Y al mismo tiempo dicen que la democracia ya no sirve para solucionar ningún problema serio de la humanidad. Yo estoy muy obsesionado con explorar esa relación porque me parece que no es casual. No es casual que se otorgue a la tecnología poderes sanadores para cualquier enfermedad social y que en el fondo esta gente que nos domina sea muy analfabeta, socialmente analfabeta. Lo más complejo del mundo, la conquista mayor de la humanidad, es la democracia. Es la organización de la convivencia en una sociedad plural, articulando valores que son difícilmente compatibles.
AR: La democracia es incómoda porque exige que nos pongamos de acuerdo. Y el mundo de la dictadura empresarial tecnológica lo que no quiere son acuerdos. El concepto de Silicon Valley de romperlo todo se basa en romper la estructura para volver a crearla y ver si puede ser más simple y más fácil de gestionar. Porque gestionar la complejidad de las personas es una de las grandes dificultades de cualquier organización social, empresarial o humana. Pero vamos a ir terminando y sacando algunas conclusiones. ¿Qué tres ideas clave sacaríais de este diálogo?
PB: La primera, que pese al tono derrotista, yo soy optimista. Pero optimista informada sobre el periodismo y sobre la democracia. Aunque a corto plazo se vienen curvas, todos confiamos en un movimiento pendular. Que haya un momento en el que la saturación del ruido, los datos y las imágenes no contextualizadas provoquen un movimiento pendular y una mayoría de los ciudadanos acuda a los medios clásicos buscando cierta comprensión del mundo. No que le digan lo que tienen que opinar, sino que le den las herramientas para que se formen su propia opinión.
Y esa es una tarea que trasciende el periodismo, que afecta a toda la sociedad, como es obvio; que afecta a los poderes públicos, a quienes tienen un papel fundamental en la política, a quienes creen todavía que la democracia, ese invento maravilloso que tiene solo doscientos años, merece la pena como modelo de convivencia que apela a toda la sociedad, que apela a la alfabetización. No solo la de los pequeños, que yo creo que es imprescindible; creo que el mayor riesgo no está ahí, está en los maduros de formación analógica, sobrevenidos digitales. Entonces, optimismo, confianza en el movimiento pendular y, mientras tanto, un periodismo que es muy, muy flexible con el contexto y con el nuevo ecosistema y con la tecnología, y muy firme con el protocolo del periodismo clásico. No podemos abdicar de eso.
DI: En primer lugar, creo que vamos a estar en un entorno caótico, desagradable, durante mucho tiempo. No se trata solo del mandato de Trump, cuando entre un demócrata esto no se acabará. Hay un movimiento telúrico de fondo, una marea, que va en una dirección inquietante. Por lo tanto, debemos proteger las instituciones. Formémonos. Yo insisto mucho en esto. Pepa decía hace años que había que gastarse en periódicos por lo menos lo que se gasta uno en cañas. Bueno, pues yo diría gastémonos un poco de dinero también en formación. Una parte de esta polarización actual, estúpida y cuñadista, es que se confunde el principio de universalidad de la política y de igualdad de todas las opiniones con el esfuerzo de tener una opinión un poquitín madura, sostenida con datos y opiniones.
Eso por un lado. Por otro lado, en el tema de las profesiones, ¿qué buscamos y qué ofrecemos? Ahora mismo yo pago a gente que me oriente, no a gente que me confirme en mis opiniones. Cuando voy a medios de comunicación, ya que estamos hablando en este entorno, lo que quiero es que me orienten y empiezo a sospechar cuando todos me orientan en la misma dirección. Además, creo que es bueno que haya diversidad, contraste de opiniones, pero lo que quiero es gente que me ofrezca algo bueno. Ya estoy harto de memes en X.
Y, al mismo tiempo, ¿qué ofrecemos nosotros en nuestra profesión? Si yo lo que quiero es consumir cine de baja calidad pero satisfactorio, el algoritmo de Netflix va a ser fantástico. Funciona muy bien y te da cosas agradables. Si quiero eso, vale. Pero es que de vez en cuando yo quiero algo que me sorprenda, algo realmente creativo, algo disruptivo. Y ahí no me voy a encontrar a un robot, ahí me voy a encontrar a una persona de carne y hueso, un poco loca, que ha ido un poco a contracorriente. Por supuesto, quiero que el conductor de mi autobús, el que me da la información del tiempo, que todas estas personas no sean demasiado creativas. Pero seguramente en una redacción periodística hay que dejar un espacio para los cuatro locos. Aunque no sean más.
Y luego la tercera cosa que quería decir es que valoremos lo que tenemos. Valoremos la democracia. Pero no hagamos —yo me lo he impuesto como una norma porque me dedico a esto básicamente— descripciones de la realidad excesivamente negativas, porque eso es lo que los malos, si me permitís hablar así, quieren. Creo que Donald Trump es un personaje que está encantado de ciertas descripciones que se hacen de él, que le dan más poder del que realmente tiene. Y al revés, creo que se siente más incómodo cuando le metemos el dedo en el ojo y decimos que la democracia, incluso la estadounidense, tiene mucho más elementos de resistencia de lo que parece.
“Creo que es bueno hacer una precisión conceptual, diferenciar una opinión falsa de una falsa opinión.”
Daniel Innineraty
PB: Me encanta eso que has dicho Daniel, porque es que yo suelo decir hagamos periodismo para ayudar a comprender al mundo, no a temerlo.
AR: Eso es una importante conclusión y un gran titular. Quiero agradeceros a los dos el espacio, la conversación y las ideas. Difícilmente la inteligencia artificial podrá sustituir estas mesas de debate y la creatividad humana en vivo y en directo. Lo cual sigue siendo un estímulo para el cerebro, para aprender y pensar en ideas que creo que son la base del progreso de la humanidad. Por mi parte, coincido en que tenemos que fortalecer la democracia. La democracia está en riesgo y necesitamos al periodismo clásico y al profesional de la información que se hace responsable con una firma de que la información viene de una fuente contrastada, creíble y confiable. Creo que lo que necesitamos es formación, tener nuestra propia opinión y nuestro propio criterio cuando discutimos sobre un tema, y para eso hace falta leer. Y, ahora, formarnos también en la inteligencia artificial y en el uso de las herramientas.