La mirada geopolítica

  • Temáticas
    Asuntos Europeos
    Economía
  • Sector
    Administraciones Públicas
  • Países
    Global
12 May 2026

La invasión rusa de Ucrania y el segundo mandato de Donald Trump es la suma que ha puesto fin a una larga etapa en las relaciones internacionales. Los europeos necesitan despertar y adaptarse a una realidad diferente, mucho más adversa. Los dirigentes empresariales y los directivos no pueden permanecer ajenos a los cambios en marcha, porque la reconfiguración del poder en el ámbito internacional se ha convertido en la primera fuente de riesgos y oportunidades para sus empresas.

El objetivo de la prosperidad global, central durante los treinta años que sucedieron a la caída del muro de Berlín, ha cedido su sitio al imperativo de la seguridad, entendida en clave nacional y como un concepto expansivo.

“Pasamos de la eficiencia a la resistencia. Asistimos al tránsito de un orden liberal global a una mentalidad extendida de suma cero, basada en relaciones de poder en la que siempre debe haber ganadores y perdedores.”

Avanza una desglobalización económica en un mundo, sin embargo, muy interconectado. El Derecho Internacional se devalúa a favor a una competencia basada en la ley del más fuerte.

Asistimos de nuevo a una confrontación entre dos grandes países, Estados Unidos frente a China. Se trata de una nueva guerra fría, bien distinta a la primera. China ha tejido una alianza sin límites con Rusia, y proyecta su ambición global cada vez con más asertividad. Estados Unidos se repliega, pero es un aislamiento compatible con pulsiones imperialistas, desde Venezuela a Irán. Su renuncia a ser proveedor de bienes públicos globales debilita la relación con sus aliados en Europa y Asia, por mucho que estos resulten imprescindibles en situaciones críticas como las que atravesamos estas semanas.

La gran mayoría de los países del llamado Sur Global no toman partido. Algunos de ellos, potencias emergidas, triangulan con eficacia, aprovechando las ventajas de multi-alinearse y sacar partido de la rivalidad entre las dos superpotencias. Son los casos de India, Arabia Saudí, Brasil, Sudáfrica o Emiratos.

Estados Unidos impugna el mundo que ha creado y que tanto ha beneficiado a sus ciudadanos y empresas, porque entiende las soluciones de antaño son ahora la causa de sus problemas. El regreso de Donald Trump al poder en su segundo mandato ha sido una mala noticia para Europa. La segunda presidencia del magnate neoyorkino es un triple shock para la defensa, la economía y la democracia del continente.

Ni la Unión ni los Estados miembros tienen los medios y la cohesión para conseguir en un plazo breve la autonomía estratégica con la que hacer frente al debilitamiento de la relación transatlántica y las amenazas de seguridad crecientes; en primer lugar, el expansionismo ruso. La enorme dependencia europea de Estados Unidos en defensa y tecnología, y en buena medida en energía, no permite improvisar alternativas rápidamente. Las presiones en aumento desde Washington -en comercio, regulación digital, inversión en defensa, sanciones, apoyo a partidos de extrema derecha- afectan seriamente los europeos, que se preguntan cómo gestionar esta nueva doctrina estadounidense de “unilateralismo agresivo”, en la denominación sugerida el verano pasado por Jake Sullivan en Aspen Institute.

Los nuevos pasos de China en su competencia por la hegemonía global completan este panorama geopolítico complejo. Bajo el liderazgo de Xi Xinping, el país asiático ya no “asciende” sino “lucha”, en palabras del embajador Kevin Rudd. Busca la influencia global a través de la tecnología, el comercio, las inversiones, la diplomacia y unas fuerzas armadas en crecimiento acelerado. Lo hace por razones de seguridad interna, para mantener el control férreo del partido comunista chino sobre el régimen capitalista-leninista alumbrado por Den Xiaoping. Pekín necesita seguir exportando, asegurar el suministro de alimentos, energía y materias primas, desactivar a las minorías en Xinjiang, Tibet, Hong-Kong, avanzar en la toma de Taiwan y conseguir una proyección marítima internacional, mientras compite con Estados Unidos por la carrera de la Inteligencia Artificial.

Las dos alternativas que se discuten en Bruselas y en las capitales nacionales no son realistas. Por un lado, el rápido desacoplamiento de Estados Unidos, mediante la adquisición de capacidades de defensa propias y el fortalecimiento de la economía europea (mercado interior, unión de capitales, política industrial, así como una estrategia común para competir en una revolución digital liderada por otros). La UE está sobre-diagnosticada. La lista de deberes sin hacer durante muchos años es muy larga y la sociedad europea no está preparada para una centralización de poderes. La Unión es lenta y tecnocrática, carece de un poder ejecutivo reconocible y los partidos anti-europeos siguen creciendo y gobiernan en algunos países.

Por otro, desde Bruselas y algunas capitales nacionales se baraja el acercamiento a China, la otra superpotencia. Se trata de un movimiento plagado de contraindicaciones, debido a la naturaleza política del régimen de Beijing, en las antípodas de la libertad individual y a los derechos humanos.

“Los europeos necesitan alcanzar cuanto antes autonomía estratégica, pero si hacen todo bien tardarán al menos diez años en conseguirlo. Mientras tanto, deben seguir minimizando riesgos, buscando acomodos y negociando, a pesar de todo, con Washington. La pesadilla trumpista puede terminar mucho antes que la distopía china.”

En este tránsito a un nuevo orden internacional, los directivos de empresas europeas necesitan desarrollar una nueva agilidad en su diagnóstico internacional, entendiendo que las contingencias priman sobre las normas. Tienen que aprender el lenguaje de la geopolítica para analizar mejor los riesgos no-financieros y poner en práctica medidas tanto defensivas como favorables al desarrollo de nuevos negocios. Pero tal vez lo más importante es que recuerden que la Historia rima, como decía Mark Twain, y sus ciclos y olas siempre vuelven. En esta etapa de transición a una nueva era, las empresas no pueden ser ajenas a los procesos políticos y deben saber influir y representar con eficacia sus intereses.

“Ante el cambio acelerado, los mejores directivos serán los que se sientan cómodos viviendo con más incertidumbre.”